"En Mabibo, Dios se parece a esto: difícil de encontrar cuando lo buscas, fácil de abrazar cuando lo descubres"

Foto: Joan Morera

Joan Morera, jesuita, se encuentra desde hace meses en Tanzania, concretamente en Mabibo. Trabaja, sobretodo, en la educación de niños y jóvenes, y desde allí nos hace llegar sus experiencias e impresiones, que compartimos. Esta es la carta que nos ha enviado este mes de julio.

"Me gustaría dilatar el tiempo. Lo que vivo no se puede experimentar y explicar a la vez en tan pocos meses. Tengo tantos rostros para compartir... Durante este tiempo he entendido algo más. Cuando perseguimos ser dioses sin límites, nos volvemos monstruos. Cuando aceptamos nuestros límites, los superamos y nos volvemos divinos. 

Lo he vivido en propia piel, con un puñado de enfermedades. Pero también en los que me rodean, familias conscientes de la lucha titánica del día a día, que siendo frágiles se parecen más a la generosidad de Dios. Familias que con las inundaciones de los meses de abril y mayo perdieron tantos bienes, para volver a empezar. Que pagan las tasas escolares en diminutos recibos de 7 euros. Que pierden a los seres más queridos, como el primo del pequeño Gregory, huérfano que se despidió de repente de aquel con quien había compartido casa y juegos, familia y comidas durante tantos años viviendo con la abuela. Y a pesar de todo, familias gigantes. Familias que contagian algo a las relaciones entre grupos y religiones, donde el «ellos» no resta el «nosotros», por el mero hecho de no ser de los nuestros. Si construye, suma, porque no se trata de pertenencia, sino de quién es tu Absoluto.

A veces tocamos este Absoluto. Son ratos, no siempre. Y brillan, incandescentes. Mirad los ojos de esta foto al final del segundo trimestre, justo antes de las vacaciones semestrales. Organizamos unas olimpiadas en la escuela, donde de los más pequeños a los más mayores se desataron en competiciones de baloncesto, fútbol, pin-pon, atletismo, carreras de sacos, tirar de la cuerda, gimcanas... Fue un día tan luminoso para todos que por unas horas todos los límites habían quedado
superados.
 
También recuerdo un día especialmente duro en la escuela. Cada mañana del año les escribo en la pizarra una cita inspiradora de algún personaje de la historia que pueda motivarlos la vida, el esfuerzo, las ganas de ser mejores. Anna, una de mis alumnas, vino aquel día en el departamento en silencio, me dio en mano un papelito y se marchó. El escrito decía: «Lo más bonito de aprender es que nadie puede ya quitártelo. Anna Mduda». Ella había pasado de alumna a ser un nuevo referente inspirador para los demás. Habíamos empezado la cadena sin fin.
 
O hasta ayer mismo por la tarde, compartida con Mohammed, el chico a quien enseño inglés los fines de semana, y a quien llevé algunas pequeñas golosinas. La más especial era un bombón de chocolate en forma de pelota de fútbol, porque es realmente apasionado de este deporte. Me estaba acompañando de vuelta y la llevaba en la mano, cuando un grupo de cuatro renacuajos lo rodeó, entre ellos su hermana. Todos le pedían un trocito, y aquel baloncito de chocolate tan diminuto era imposible de dividir. Con el papel sacó un trocito pequeño como una hormiga para probarlo, y dio el balón entero a los niños. Fue un momento, pero aquel balón se convirtió en nuestro planeta: los más hambrientos podían deleitarse del chocolate del mundo, porque alguien decidía entregarlo entero con generosidad. Era el mundo al revés, es decir el Evangelio.
 
Y pensaba que tanta, tanta, tanta gente diminuta como esta, fuera del circuito de las empresas y los negocios, de las mentes de los políticos, tanta gente será llamada un día por su nombre tal y como nos recuerda Jesús (Jn 10,3), será llamada como ahora mismo ya puedo llamar a mis 40 niños y niñas de Form 1D reconociéndolos por sus nombres, o como los masai me explican que llaman a sus vacas en el monte por sus nombres: «¡Teresa!», «¡Pepa!», y cada vaca levanta la cabeza cuando le toca reconociendo su nombre. Toda esta gente será llamada y caminará con la cabeza alta hasta las praderas que no terminan.
 
A veces sucede como cuando fui a Arusha y desde el bus buscaba el impresionante Kilimanjaro. ¿Dónde está? ¿Aquí? No, esta montaña es grande, pero... ¿Allí? No estoy seguro... y de repente, levantando la cabeza me di cuenta que por encima de las nubes sobresalía su cumbre: todo el horizonte de «colinas» estaba detrás abrazado por una descomunal masa de roca: TODO era Kilimanjaro. En Mabibo, Dios se parece a esto: difícil de encontrar cuando lo buscas, fácil de abrazar cuando lo descubres."
 
Fecha de la noticia: 
21 de Julio de 2016

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